¿Quién me iba a decir que, tras una larga espera, volvería a cantar y brincar en un concierto de este formidable rockero canadiense? No hace mucho escribí al club de fans de Bryan Adams en Canadá para preguntar si el ídolo de mis años mozos volvería a deleitar con su música a una Barcelona que tiembla bajo su guitarra y su voz ronca cada vez que aparece por la ciudad. Su respuesta me dejó de lo más chafada porque Bryan no tenía intención de volver, en un principio. Así que durante una buena temporada dejé de echar vistazos a su web – craso error -, cuando mi gran amigo Isaac me dijo un buen día que Bryan iba a actuar en Badalona. Gracias a este hecho (y a este alma caritativa que es una enorme fuente de información y que no dudó en invitarme a ir), pude presenciar el mejor concierto de Bryan Adams al que he asistido nunca – y este es mi tercero! -.
Todo hay que decirlo, me decepcionó mucho ver que, a pesar de que el concierto se celebraba en un recinto bastante más pequeño que el Palau Sant Jordi – donde actuó las dos últimas veces que vino de gira – el Palau Olímpic de Badalona se le quedó grande. Muchísimas butacas vacías. Claro está que a buen seguro influyeron las tarifas increíblemente elevadas de las entradas
(hasta 80 euros). Al llegar a la pista nos dimos cuenta que había una división que separaba a aquellos seguidores de su música que habían pagado más por estar más cerca (aunque de pie) del escenario. Los demás, quedamos tras una barrera insalvable y custodiada por “gorilas” que impedían el paso a la zona “VIP” de fans. La verdad, quedó bastante feo que la organización pusiese en práctica algo así.
De todos modos, Bryan nos dio a todos una enorme sorpresa cuando, al apagarse las luces a las 22h en punto, aparecía en las pantallas del escenario, saludando desde el backstage y acercándose a un escenario alternativo que habían erigido justo detrás de mí, en la zona de la pista, donde los de la zona “VIP” que tenían derecho a acercarse al escenario principal, no tenían acceso – la misma barrera que nos separaba de ellos, los mantenía alejados del escenario improvisado que teníamos en nuestra “sección” -.
Bryan Adams, más rockero que nunca, arrancó viejas notas de su guitarra acústica, cantando y animando al público, regalando sonrisas, abrazos, gestos de cariño hacia una afición extasiada que gritaba a pleno pulmón todos y cada uno de sus éxitos. Sus paseos entre el público, el invitar – como en todos sus espectáculos – a una chica de entre el público que se uniese a él en el escenario para cantar Baby when you’re gone, el agradecer una y otra vez el compartir esa gloriosa noche con él, hizo que la masa humana gritara su nombre y no le diera tregua. Bryan cantó como si estuviese en el estadio más grande del mundo, lleno hasta los topes de gente que clamara su nombre. No pareció importarle que fuésemos pocos; no dio tregua a su guitarra ni a su grupo, cantando casi sin descanso, durante dos horas y diez minutos.
Su grupo, más entregado que en ocasiones anteriores y encabezado sobre todo por un Keith Scott que mostró su lado más rockero y salvaje, ofreció una función que no dejaba lugar al descanso, ni el del público, ni el de ellos. Fue un grandioso espectáculo que sin lugar a dudas permanecerá en nuestros recuerdos como el mejor concierto de un Bryan Adams en mucho tiempo, que vuelve a sus orígenes más acústicos, con una fuerza imparable y una inagotable energía que no parece mermar ni a sus casi 50 años de edad.